Paulaner

La cerveza Paulaner blanca de diastasa número 1 en Alemania y una de las más apreciadas del planeta. De apariencia turbia, se presenta en el vaso con un refulgente color dorado afelpado, bajo una robusta corona de espuma que realmente merece este nombre. Ya desde el principio de su preparación mana de este tradicional de la cerveza blanca de Múnich un ligero aroma a plátano. Leer Más

El conocedor aprecia toques de mango y de piña y encomia el bello equilibrio de dulzor y amargor. Los amantes de la cerveza gozan del fino aroma de diastasa y de su fantástica suavidad burbujeante. Es la habitual cerveza para tomar al aire libre, capaz de unir a personas de todo el planeta.
Para los amantes de la cerveza, esta cerveza blanca es de las mejores del planeta. Para los especialistas, una ciencia. Múltiples generaciones de experimentados maestros cerveceros han depositado en ella lo mejor de sí mismos: amor, pasión, sabiduría y tiempo. En Paulaner estamos en especial orgullosos de nuestro procedimiento único para la fabricación de la cerveza con” diastasa en suspensión “, que da un enturbiamiento homogéneo, un incesante nivel de calidad y un incomparable sabor a nuestra cerveza. El inconfundible color, al contrario, se consigue de la mezcla de 4 maltas diferentes. El extracto seco primitivo del doce con cinco por ciento aporta el resto a esta exquisita cerveza blanca y al inimitable sabor de Paulaner. Nuestra cerveza blanca de diastasa forma un placer sin parangón como acompañamiento de todas y cada una de las meriendas tradicionales en las cervecerías al aire libre, y en especial de la tradicional crema de queso “Obatzdn”.
El origen del Biergarten se remonta hasta el Múnich del siglo XVI. Este pedazo de cielo en la tierra debemos agradecérselo exactamente al procedimiento de fabricación de cerveza de la temporada y al reglamento bávaro para la fabricación de cerveza Paulaner de mil quinientos treinta y nueve, si bien los dos prácticamente se transformaran en causantes de un verano bávaro sin gota de cerveza… Y es que en esa temporada la cerveza se fabricaba con baja fermentación. Esto quería decir que la fermentación se debía hacer entre los cuatro y los ocho grados, esto es, en los meses fríos. Además de esto, el reglamento para la fabricación de cerveza de entonces solo dejaba la fabricación de cerveza entre el veintinueve de septiembre y el veintitres de abril, puesto que las ollas de cocción calientes ya habían producido graves incendios con las elevadas temperaturas estivales. A fin de que pudiese continuar habiendo cerveza en Múnich en verano había que fabricarla en invierno y después guardarla en un sitio frío a lo largo de múltiples meses: un genuino reto.
Con su espíritu ingenioso, los bávaros decidieron edificar sótanos para poder guardar al fresco la cerveza. Estas estancias se sostenían refrigeradas de forma natural gracias la sombra de los castaños autóctonos y a la grava desperdigada por el suelo ubicado sobre las bodegas. Con sus raíces lisas los castaños no dañaban las cúpulas de las bodegas y prosiguen representando hasta la actualidad, así como el suelo de grava, unas peculiaridades muy propias de todo Biergarten. Las factorías de cerveza, ubicadas en la temporada a las afueras de la urbe, se transformaron velozmente en destinos muy populares para los excursionistas bávaros. Al comienzo los visitantes solo rellenaban sus recipientes con la cerveza fresca allá guardada para llevársela entonces a sus casas. Más tarde se consiguieron imponer el espíritu sociable y agradable de los bávaros y la cerveza empezó a saborearse asimismo de forma directa bajo las grandes copas de los castaños. Para esto los fabricantes de cerveza dispusieron fáciles mesas y bancos, naciendo de esta forma el Biergarten.
A consecuencia de esta evolución las factorías de cerveza Paulaner de menor tamaño y las casas de huéspedes de Múnich vieron desaparecer su clientela, solicitando audiencia al rey Maximiliano, el primer soberano de Baviera. El monarca de la casa de Wittelsbach halló por último en mil ochocientos doce – por suerte – una solución para el inconveniente y decidió que las cervecerías al aire libre, tan veneradas ya en aquel momento, prosiguieran marchando de igual forma. Eso sí, para no dañar el negocio de los dueños de los restoranes muniqueses, no podría venderse en ellas ningún género de comestible salvo pan. Sin pensárselo un par de veces, los huéspedes empezaron a llevar sus comidas desde casa, dando sitio a una fantástica y agradable costumbre que ha conseguido sostenerse por medio de los años y que todavía prosigue teniendo tradición en muchos Biergärten hoy en día.